Escritoras y Pensadoras Europeas
I+D del Ministerio de Educación y Ciencia (Duración: 3 años. Ref. HUM 2005-06658/FILO)
Investigadora Principal Dra. Mercedes Arriaga
Universidad de Sevilla
Escritoras y Pensadoras Europeas
Concha Méndez (1898 - 1986)
por Fabio Contu
- Período Literario: Vanguardia
- Lengua en la que escribe: español
Nacida en Madrid el 27 de julio de 1898, Concha Méndez Cuesta fue la mayor de once hermanos. Su familia no era originariamente burguesa, pero adinerada. Por eso, los Méndez habían asimilado el estilo de vida típico de la clase media, incluida la actitud conservadora en la educación de los hijos. Concha recibió, en un colegio francés, una educación femenina y católica que no compartía, pero cuya influencia se observa en sus primeros versos. Los padres, aplacando cada anhelo por aprender y descubrir mundos, le prohibieron continuar los estudios, después de los más elementales, y educaron a la niña para que creciese como todas las mujeres católicas de la España de principios del siglo XX. Por eso, fue una joven inquieta, liberal, arriesgada, campeona de natación y gimnasta, al igual que su muy machista primer novio, Luis Buñuel, al que conoció veraneando en San Sebastián, a los diecinueve años. Además, se marchó de casa de sus padres a la aventura, cruzando océanos por el placer de conocer el mundo, por cambiar de aires y por buscar su verdadero lugar, donde pudiese no sufrir presiones sociales (en 1919 viajó a Londres, y, en 1929, a Buenos Aires y Montevideo), y en esto, su carácter era parecido al de su amiga de correrías, la rompedora Maruja Mallo, magnífica pintora de la que, desgraciadamente, sólo se han destacado sus barrabasadas juveniles y sus amoríos con Miguel Hernández, entre otros famosos de la época (también fueron sus novios Rafael Alberti y Pablo Neruda). Durante siete años Méndez y Buñuel fueron novios, hasta que ella se hartó de su insufrible carácter. Paradójicamente, fue a partir de la ruptura con Buñuel que comenzó para Concha su amistad con el grupo de jóvenes intelectuales del Madrid de los años veinte, gracias sobre todo a García Lorca, quien la introdujo en el grupo, y a Rafael Alberti y Luis Cernuda. Sin embargo, fueron sobre todo Alberti y Maruja Mallo quienes se convirtieron en dos figuras clave para el devenir de su creación literaria. Fueron años de actividad intelectual frenética: la mujer que había empezado a escribir poemas bajo la influencia de Lorca y de Alberti, después de haber roto su noviazgo con Buñuel, acabó convirtiéndose en una presencia fija en algunas de las tertulias más nombradas del Madrid vanguardista de esos años; su firma puede encontrarse en revistas como ‘La Gaceta Literaria’, ‘Hèlix’ o ‘Parábola’, y algunos de los artistas plásticos de su entorno, como Gregorio Prieto o la misma Maruja Mallo, la retrataron. En 1926 publicó su primer libro, “Inquietudes”; dos años después, publicó “Surtidor”; y, en 1930, “Canciones de mar y tierra”. En estas obras, sobre todo, es evidente la huella de la amistad de Concha con Maruja Mallo, quien fue, para ella, una verdadera guía en su primer exilio.
Se trató de un exilio psicológico, interior: el medio social y familiar en el que se encontraba no la admitía tal como era y, por tanto, teniendo como única otra alternativa la adaptación, lo abandonó, ya que ella quería desarrollar una carrera como artista y ser admitida como intelectual. La presencia, en este primer exilio, de Maruja Mallo, una pintora a la que le gustaba romper con las reglas sociales y luchaba para la liberación de la mujer, le permitió a Concha comprender, por primera vez, sus verdaderas aspiraciones. Las dos juntas disfrutaron de una vida intelectual muy intensa y contribuyeron a enriquecerla y destruir la imagen de la mujer como esposa sumisa y madre abnegada. Méndez descubrió un Madrid diferente, con calles, cafés, clubes, lugares donde dar rienda suelta a sus deseos de vida cultural y emancipación. Sobre todo se dio cuenta de que la creación artística podía ser una posibilidad concreta y auténtica. Lo que a Concha le impresionó de Maruja, entonces, fue este estar siempre cargada de ganas de emancipación, su obstinada contrariedad por los convencionalismos y su carácter rebelde contra la educación burguesa de las chicas. Por otra parte, es suficiente considerar que mientras Méndez tenía que soportar un largo noviazgo formal con Buñuel siempre acompañada de carabina, Mallo era considerada por la sociedad del momento escandalosa por su promiscuidad, sólo tolerada en los hombres. Seguramente Mallo tuvo el mérito de la decisión de Concha de romper con su vida burguesa ociosa, porque despertó el lado más rebelde de ella. Y fue a partir de entonces que Méndez entró plenamente en el mundo literario. Sin embargo, este descubrimiento vital tuvo sus consecuencias, porque provocó el primer exilio en la vida de la poetisa. No se trató de un exilio voluntario: fue una forma de aislamiento social. Concha no tenía alternativas, desarrollar una carrera como artista conllevaba el abandono forzoso de un mundo que no la admitía como intelectual. Este exilio no fue físico, como puede ser el abandono de la patria, sino un traslado emocional: Méndez se excluyó de la ortodoxia burguesa y clasista, pero permaneciendo en el mismo ambiente en que ésta tenía lugar. Para Mallo y Méndez, éste fue un periodo apasionante: colaboraron en la creación de proyectos comunes, como el acto único “El ángel cartero”, obra de teatro infantil escrita por Concha y con los decorados de Maruja, y, sobre todo, se influenciaron en el nivel artístico, formando un verdadero tándem creativo. No sólo en la pintura de Maruja se encuentra la presencia de Concha, sino en la obra poética de Concha se refleja la huella de Maruja. Examinando, por ejemplo, el poema “Verbena” y comparándolo con la obra del mismo título de Mallo, podemos notar que, aunque con lenguajes personales distintos y en disciplinas artísticas diferentes, Mallo y Méndez representan de manera inequívoca el mismo espíritu frenético de la vanguardia y escenifican idéntica realidad. Las luces, los colores, los movimientos, los sonidos que Maruja Mallo destaca en su “Verbena” son los mismos que Concha Méndez evoca en la suya. Además de las verbenas, las dos recrearon también otros aspectos de la modernidad -que era el tema principal en la obra de ambas, en ese periodo-, como los coches y las locomotoras (emblemas del mito de la velocidad), las fábricas (banderas del progreso tecnológico), la metrópoli, el jazz y el deporte (el movimiento físico), y éste último con especial énfasis en la práctica que lleva acabo la mujer. Se trata de elementos típicos de las poéticas artísticas europeas de esos tiempos, heredados del Futurismo, que fue la primera de las vanguardias que llegaron a España. La adhesión de las dos a ese movimiento fue completa, porque del Futurismo compartían el deseo de destruir un pasado caduco y de exaltar el cambio, a través de sus elementos característicos: dinamismo, expresión continua de movimiento, simultaneidad y sucesión de sonidos e imágenes.
Podemos colocar entre 1929 y 1931 el segundo exilio de Méndez: se trata del viaje que realizó a Inglaterra y a Argentina, países que constituyeron un único exilio, porque formaban parte del mismo propósito de emanciparse desembarazándose de su asfixiante familia en búsqueda de nuevos lugares. Sin embrago, el viaje a Inglaterra no representó una desvinculación del mundo que había conocido. Méndez afianzó sus relaciones con el Madrid intelectual mediante una serie de cartas donde explicaba sus descubrimientos artísticos y las reflexiones que éstos le suscitaban. Además, entabló amistad con intelectuales relacionados con la cultura española que, como ella, residían en Inglaterra. Y además de eso, a través de artículos publicados en revistas como ‘La Gaceta Literaria’, su presencia en la vida cultural madrileña siguió plenamente activa a pesar de la distancia. Se trató de una experiencia muy positiva, aunque, poco tiempo después de su regreso a España, inició otra travesía, esta vez hacia Argentina, consciente de dar “un paso trascendental en la vida”. Sin duda, Buenos Aires acogía a muchas personalidades del mundo literario y artístico y Concha estableció los primeros contactos con Guillermo de Torre, escritor y crítico que dirigía la sección de letras del diario ‘La Nación’, periódico en el que ella empezó a publicar un poema cada semana. Sin embargo, la relación más importante fue la que estableció con la española Consuelo Berges, escritora y periodista, y más tarde reconocida traductora, quien le ofreció su amistad y su influencia en los círculos intelectuales y fue su pieza fundamental para su éxito en el continente americano. Consuelo era una mujer resuelta, enérgica y culta. Como Concha, también ella había renunciado a una vida de mujer tradicional para perseguir una carrera como escritora. Viajar era también una de sus pasiones y la llevó a cabo a la vez que se emancipó de su familia. Esta grande coincidencia provocó una conjunción de intereses que dio frutos en la obra de ambas. En la obra de Concha, los frutos de esta experiencia se vieron en “Canciones de mar y tierra”, del 1930. En el mismo periodo, Berges publicó “Escalas”, donde reunió ensayos sobre su experiencia por las tierras americanas y la historia de las mismas. Podemos considerar estos libros como paralelos, porque, aunque Concha y Consuelo proviniesen de ambientes diferentes, encontramos en ellos un mismo acercamiento temático. El interés por los viajes es la metáfora del ansia de libertad, entonces ambas querían expresar la misma problemática: el ser mujeres en un mundo de hombres. La prueba irrefutable de esta correspondencia es la inclusión de un prólogo de Consuelo Berges en “Canciones de mar y tierra”, al que correspondió otro escrito en verso de Méndez para “Escalas”. Como demuestra también el poema de “Canciones de mar y tierra”, que Concha le dedicó a Consuelo, las dos eran claramente almas afines. Con la proclamación de la República en España, el 14 de abril de 1931, las dos amigas decidieron regresar a su país y celebrar allí la instauración del nuevo sistema de gobierno. Eran los años del esplendor surrealista, del que Berges no escapó. La espontaneidad, el rechazo de las reglas establecidas y la tendencia a mirar el mundo desde perspectivas insólitas -todas características peculiares de Consuelo- forman parte integrante tanto de la persona como de la obra surrealista, la más moderna de las vanguardias durante el periodo argentino de las dos españolas. Sin embargo, los distintos destinos al regresar a España impusieron un distanciamiento físico entre las dos. En un primer tiempo, la relación cultivada en Argentina perduró y las dos se mantuvieron en contacto. Pero, con la subida al poder de Franco, todo cambió, y, siendo imposible oponerse abiertamente a este cambio, a ambas no les quedó otra solución que afrontar un nuevo exilio. Para Consuelo fue un exilio interior; para Concha será un exilio físico.
La vuelta a España, para Concha, representó un momento de cambios en su vida personal y en su actividad política. En 1931, García Lorca le presentó, en la granja El Henar, al poeta e impresor malagueño Manuel Altolaguirre. Concha y Manuel se casaron el 5 de junio del año siguiente -siendo testigos García Lorca, Juan Ramón Jiménez, Jorge Guillén y Cernuda- y crearon la imprenta ‘La Verónica’ en una habitación del hotel Aragón, donde editaron la revista ‘Héroe’, que contó con la colaboración de Jiménez, Miguel de Unamuno, Pedro Salinas y Guillén. Vivieron de 1933 a 1935 en Londres, donde el primer año murió su primer hijo, y nació su hija Paloma en el último. Junto con su marido, activo impresor, contribuyó a la difusión de la obra del grupo del 27, editando colecciones de poesías y revistas como ‘Poesía’, y ‘Caballo verde para la poesía’ (dirigida con Pablo Neruda). Fueron años intensos, desde un punto de vista literario, para Méndez que también se dedicó al teatro infantil. Se trata de textos la mayoría todavía hoy inéditos, pero que demuestran la amplitud de sus intereses, que abrazaron no sólo la poesía, sino también el teatro y el cine. No obstante la actividad dramática, Concha, en esos años, no abandonó la escritura en verso. De hecho, en ese periodo publicó “Vida a vida” (1932), con la que introdujo en su producción poética nuevos temas y nuevas formas, y “Niño y sombras” (1936), donde expresó todo el dolor que padeció la poeta al haber perdido el niño que esperaban ella y su marido, cuando estuvieron en Londres, entre el 1933 y 1935. De todas formas, fue en esta ciudad que Concha dio a luz a su hija Paloma y fundó con Manuel una nueva revista que tenía que hacer de puente entre la cultura inglesa y la española: ‘1616’, cuyo título se refería al año de la muerte de Shakespeare y Cervantes. Regresados a España en 1935, dentro del clima de fuerte tensión que precedió la Guerra Civil, los dos tomaron partido por la República. Sin embargo, estallada la guerra, vivir en el Madrid asediado por las bombas empezó a entrañar demasiados peligros para ellos. Por eso, la única solución que quedó fue buscar refugio en otros países. Y fue así que Concha volvió a la experiencia del exilio.
Se trata del último exilio, el exilio político, motivado por el cambio de régimen, después de la Guerra Civil. Fue un exilio “fragmentario”, con distintas etapas, en el cual la escritora, siempre acompañada por su hija Paloma, residió en Inglaterra, Bélgica y Francia, hasta que decidió adentrarse hasta Barcelona para reunirse con su marido, quien había permanecido en España todo ese tiempo. Sin embargo, el avance de las tropas de Franco obligó a Concha a regresar otra vez a Francia, sin su marido. Éste, una vez llegado a Francia, en medio de la confusión y desesperación, se metió en un campo de concentración. Después de haberse reunido en París, ambos pasaron los primeros meses como exiliados en casa del poeta francés Paul Eluard. Fue desde allí que, con su esposo e hija, Concha emigró primero a Cuba y después a México. Desembarcados en Cuba, los dos se encontraron con otros intelectuales exiliados, entre los cuales la filósofa española María Zambrano, quien será su compañera-de-exilio. La amistad que nació entre la filósofa y Méndez se reveló muy importante: María siempre estuvo con Concha para aconsejarla en sus trabajos y apoyarla en las circunstancias más adversas, formando una tertulia con ella y con otras mujeres, entre las cuales la poeta y narradora Lydia Cebrera. Zambrano, educada por los padres con ideas progresistas, una vez estallada la guerra, como Méndez, había colaborado de manera activa en la defensa de la República. Ante el triunfo de las tropas franquistas, María había cruzado la frontera francesa en compañía de su madre y de su hermana, iniciándose así en el largo camino del exilio, del cual no volvió hasta el año 1984. Aunque se hubiesen conocido en Madrid, fue en La Habana, ya en el exilio y con la dura experiencia de la guerra a sus espaldas, que Concha y María consolidaron su amistad y, en los cuatro años que coincidieron en Cuba, esta relación se extendió más allá del plano personal. El gran sentido ético y humano y la entereza moral que Concha demostraba con sus compatriotas en tiempos calamitosos también para ella, constituía para Zambrano una necesidad irrenunciable para el intelectual. La admiración de Zambrano hacia su amiga se tradujo, a lo largo de sus exilios, en una confidencia mutua que, en el caso de Méndez, fue decisiva para su obra posterior, que, aun sin abandonar su carácter surrealista, se hizo más profunda, reflexiva y filosófica. Lo vemos muy bien en texto teatral de Méndez “El solitario”. El acontecimiento se desarrolla en un faro, que es el lugar rodeado por el mar, de donde el protagonista (un Farero), encerrado, no puede salir. Es evidente la referencia que Concha hace a su experiencia personal. El faro es la metáfora de Cuba: rodeada por el mar, la isla es un lugar de donde la poetisa no puede salir para regresar a su país. Por consiguiente, el Farero representa la misma autora, con su carga de melancolía. Al mismo tiempo, el faro, que ilumina la oscuridad que lo rodea, también representa un lugar de salvación. Constituye un refugio desde el cual se puede esperar la llegada de un tiempo mejor. También aquí, resulta evidente la referencia a lo que Cuba representaba, en esos años, para Méndez: el lugar donde esperar un tiempo nuevo. Y el faro es también un lugar alto, elevado, que permite una vista global de lo que nos rodea: por eso representa la ocasión para ver los acontecimientos de España desde una perspectiva diferente, mejor porque más lejos. Es la mirada del intelectual: por eso, el faro representa también un lugar de conocimiento. El Farero persigue un Amor. Es un Amor lejos, que parece vivir en el recuerdo y en la nostalgia de un pasado al parecer irrecuperable. Este Amor es la metáfora de España: no la que es rehén de los franquistas, sino la que corresponde a los recuerdos de Concha, la libre. El Farero, quien refleja en su condición la de exiliado, progresivamente va tomando conciencia de quién es, dónde está y hacia dónde va. Y es ésta la condición que se manifiesta en muchos escritos de Zambrano sobre los exiliados republicanos, como su segundo libro, “Los intelectuales en el drama de España”, donde trata de explicar la esencia del pueblo español y hace una clara referencia a esta búsqueda de la identidad, el “nacimiento de la conciencia”. No es casual, entonces, que el prólogo del segundo acto de “El solitario” lo haya escrito María Zambrano: las dos, como le pasó a Concha con Consuelo Berges, se influenciaron recíprocamente hasta concebir juntas la misma creación literaria.
Cuando, en 1944, tuvo que establecerse en México, Méndez publicó “Villancicos de Navidad” y “Sombras y sueños”. Sin embargo, fue aquí donde ella y su marido se divorciaron, porque Manuel abandonó a Concha por la cubana María Luisa Gómez Mena, junto a la que poco después falleció en España en un accidente de automóvil, cuando volvían del Festival de cine de San Sebastián de 1952. Méndez, desde este momento, volvió a las mismas causas que la llevaron a su primer exilio: ser mujer con inquietudes intelectuales en una sociedad sexista que la marginaba. A partir de entonces su tercer exilio se desdobló y, al ya iniciado exilio político, se le sumó un exilio social que la sumergió en un desánimo que podrá percibirse en una obra poética que le sirve de desahogo. En esta ocasión la marginación de los círculos literarios será por parte de sus propios compañeros intelectuales, aunque es cierto que Méndez siempre contará con el apoyo de una parte de esta intelectualidad exiliada en México. Por consiguiente, su voz poética se hizo más introspectiva y encontró en la escritura un refugio donde expresar la irremediabilidad de su nuevo doble exilio. Aquí se expresó de forma madura la especificidad femenina de su obra de exiliada. El pesimismo de Méndez, derivado de su condición, encontró forma completa de expresión gracias a los consejos de María Zambrano: el encuentro entre las dos, evidentemente, no fue sólo un encuentro de mentes, sino también una solidaridad de corazones.
Concha dejó de publicar de 1944 a 1979, aunque una “Antología poética” se editó en México el año 1976. En 1979 apareció “Vida o río”. Aunque viajó a Madrid en el año 1966, permaneció en México hasta su fallecimiento en diciembre de 1986. En 1991 se publicaron sus “Memorias habladas, memorias armadas”, trascripción de unas cintas que había ido grabando para su nieta, Paloma Ulacia Altolaguirre, quien efectivamente armó el material de la memoria viva que Concha iba desgranando oralmente en su casa de Coyoacán, donde por cierto murió, el 5 de noviembre de 1963, Luis Cernuda, fiel amigo suyo que se instaló en su casa y se quedó a vivir con ella. Desgraciadamente, aún está por estudiar el teatro de Concha Méndez. Su obra poética, en cambio, está recogida en “Poemas 1926-1986”, edición preparada por el marido de su nieta Paloma, el profesor James Valender.
Obras
- “La caña y el tabaco” (inédita).
- “Inquietudes”, Imprenta de Juan Pueyo, Madrid (1926).
- “Surtidor”, Imprenta Argis, Madrid (1928).
- “El ángel cartero”. Acto único infantil (1929).
- “Canciones de mar y tierra”, Talleres Gráficos Argentinos, Buenos Aires (1930).
- “El personaje presentido” (1931).
- “Vida a vida”, La Tentativa Poética, Madrid (1932).
- “El pez engañado”. Comedia infantil en un acto (escrita: 1933, inédita).
- “Ha corrido una estrella”. Comedia infantil (escrita: 1934, inédita).
- “El carbón y la rosa” (1935).
- “Niño y sombras”, Ediciones Héroe, Madrid (1936).
- “Las barandillas del cielo”. Comedia para guiñol (escrita: 1938, inédita).
- “Prólogo de El solitario (El nacimiento)” (1938).
- “Lluvias enlazadas”, La Verónica, La Habana (1939).
- “El solitario (Amor)” (1941).
- “Sombras y sueños” (1944).
- “Villancicos de navidad” (1944).
- “El solitario (Soledad)” (1945).
- “Vida o río” (1979).
- “Entre el soñar y el vivir” (1985).
EDICIONES
- “Memorias habladas, memorias armadas”, por Paloma Ulacia Altolaguirre, presentación de María Zambrano, Madrid, Mondadori, 1990.
- “Poemas 1926-1986”, por James Valender, Madrid, Hiparión, 1995.
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Enlaces de interés
- http://www.residencia.csic.es/bol/num6/mendez.htm
- http://www.palabravirtual.com/index.php?ir=crit.php&wid=587&show=poema
Texto Representativo
«Manolo consiguió que yo atravesara la frontera con la niña en el coche de unos diplomáticos belgas. Íbamos y las bombas caían sobre la gente que iba a pie; caían sobre familias enteras, sobre niños y viejos que intentaban llegar a la frontera; el camino era largo y no todos llegaban. […] Llegamos a Francia. No teniendo a dónde ir, me senté con la niña en una banca. Entonces apareció un pintor mexicano a quien había conocido en el Hotel Majestic y se sentó con nosotras. En eso vino un tren que recogía refugiados españoles para llevarlos a los campos de concentración. Todas aquellas familias que no habían muerto en el camino, que habían logrado atravesar la frontera, se encontraban de nuevo prisioneras. […] Estaba preocupada, casi loca, porque habían sacado una pequeña nota en el periódico anunciando la muerte de Manolo. Pasaron días y al fin recibí la noticia de que estaba en un campo de concentración. Los intelectuales franceses lo rescataron y llegó a París. Llegó al hotel con un abrigo negro y la cara transformada, nervioso, en un estado mental que daba miedo. Y fue esa noche que me contó que había caminado por la nieve con los pies congelados; durante días caminaba desesperado al ver, a su paso, niños famélicos y muertos; hasta que encontró un campo de concentración en el que se metió él mismo. Al entrar, quiso darles de beber a unas personas que estaban casi muertas. Era el invierno y, por el frío, llevaba puesta toda la ropa que tenía y todos empezaron a reírse de él, por su ropa; entonces con aquel frío, empezó a quitarse, una a una, todas las prendas, hasta quedar desnudo; loco, en el campo aquel, frente a toda la gente, se sentó frente al fuego que ardía, para calentarse. Después lo rescataron y lo metieron en un hospital psiquiátrico, en el que pasó una temporada. Llegó derrotadísimo, cuando la guerra había terminado.»
(Concha MÉNDEZ, Memorias habladas, memorias armadas, por Paloma Ulacia Altolaguirre, presentación de María Zambrano, Madrid, Mondadori, 1990, páginas 106-107.)
Octubre 2007
