Escritoras y Pensadoras Europeas

Cecilia Böhöl De Faber (fernán Caballero) (1796 - 1877)

por Teresa López Sánchez

Cecilia Böhöl De Faber (fernán Caballero)

Aunque nació en Suiza, Cecilia Böhl de Faber vivió en Alemania, Puerto Rico y España, lo que le permitió tener un gran dominio tanto del francés, como del inglés, alemán e italiano. Hija del hispanista Juan Nicolás Böhl y de Francisca Larrea, escribió bajo el seudónimo de Fernán Caballero (el empleo del seudónimo suele atribuírsele al hecho de que su madre escribiera bajo el nombre de "Corina"). En la medida en que la vida personal y narrativa de Fernán Caballero está estrechamente vinculada, es necesario conocer la primera para comprender la segunda.
Educada en el catolicismo, contrajo matrimonio con un capitán de infantería a los diecinueve años. Tras la muerte de éste al año siguiente, Cecilia volvió a casarse con el marqués de Arco Hermoso que también falleció. Tras éste, contrajo matrimonio en terceras nupcias con Dn. Antonio Arron de Ayala.
A pesar de haber contraído matrimonio por un total de tres veces, Cecilia siempre vivió conforme a las costumbres propias de su tiempo y conforme al catolicismo que le fui inculcado por sus padres desde pequeña. Esto hizo que a lo largo de su obra defendiera fuertemente las ideas tradicionales y se definiera como una investigadora del folclore de su tiempo encargada de rescatar las costumbres destinadas a desaparecer ante el empuje del progreso y las nuevas ideas. Así, su estilo narrativo combina romanticismo y tradición configurando una poética idealista. Tanto es así que, La Gaviota (publicada por entregas en El Heraldo en 1849), fue una obra escrita en respuesta a las noticias sensacionalistas de la prensa y, en Clemencia, narra cómo una mujer acepta con resignación la infelicidad que vive en su matrimonio.
Cultivó tanto la novela como la poesía y el cuento aunque sus mayores éxitos los obtuvo con éste último género y, aunque en su temática encontramos desde relatos costumbristas hasta cuentos fantásticos, lo cierto es que el grueso de su obra trata de contraponer las virtudes de la sociedad española con los que ella considera los grandes vicios de la época. Sin embargo, este tradicionalismo del que ya hemos dado cuenta hizo de Cecilia un referente para la gran novela española de la segunda mitad del s. XIX. Frente al medievalismo y la desconexión con la realidad del momento propia de la literatura de la época, Cecilia se sirvió de los hechos cotidianos para elaborar sus textos.

Obras

Clemencia. Novela de costumbres, Madrid, Imprenta a cargo de C. González, 1852, 2 vols, 8. [Contiene además los Diálogos entre la juventud y la edad madura: Cosa cumplida sólo en la otra vida].
Lágrimas. Novela de costumbres contemporáneas, Cádiz, Librería Española y Extranjera de Abelardo de Carlos, 1853.
La Gaviota, en El Heraldo, 9-V-1849 al 14-VII-1849.
La familia de Alvareda. Novela, Madrid, Mellado, 1856, 1861.
La hija del sol,
Obras, Madrid, Establecimiento Tipográfico de D. Francisco de Paula y Mellado, 1861-1864, 16 vols.
Un servilón y un liberalito o tres almas de Dios. Novela. Prólogo de Antonio Aparisi y Guijarro, Madrid, Mellado, 1857.
Schweigen im Leben, im Slerben vergeban... Aus den spanischen von Ludwig Leislner (en Heyse, Paul, de. Novelleschatz des auslandes), 1872-1874.
Un servilón y un liberalito, Tuy, Tip. Gallega, 1892.
Servil and liberal. Aus dem Spanischen von Wilhem Lange, Leipzig, Reclam, 1894.
Un servilón y un liberalito, Barcelona, Tip. La Vanguardia, 1902.
Un servilón y un liberalito, Madrid, Lib. Antonio Rubiños, 1921.
Elia o La España treinta años ha, Madrid, Mellado, 1857.
Un verano en Bornos, Madrid, Mellado, 1855.

Bibliografía Crítica

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Texto Representativo

"-¿No te entra por el ojo el gachón? -preguntó sonriendo su interlocutor-: ya se ve, mi hijo era mejor mozo; pero éste te ha de dar mejor vida. Desengáñate, Pablo es un hombre como son los hombres, un hombre honrado, y quien dijo honrado, dijo caballero. Sabes que dice el Abad que para ti es un oráculo, que es Pablo una prenda: ¿qué le hace que no sepa estirarse los picos de la tirilla, hacer el rendibú a la francesa, que no se ponga potingues en la cabeza, ni se eche perfumerías en los pañuelos como los mirlifiques de la ciudad, hato de monos que más miran en el espejo su repulida persona, que a las buenas hembras; chisgarabises, que todos quieren ir a mangonear a las Cortes, ¡por vía de sanes! sin tener donde caerse muertos, ni saber donde tienen las narices. ¿Acaso crees tú, chiquilla, que aquellos arrapiezos, pollos piones, harían mejores maridos que Pablo?
-No, señor; padre, nunca he opinado eso -repuso Clemencia-, porque nunca he pensado en novios ni casamiento.
-Niña, eso no es razón, pues la mujer necesita sombra; cuando te falte la mía, quiero dejarte un árbol que te la dé buena. Sépaste que la mujer sola es como hoja sin tronco; el hombre solo es como árbol sin hoja. Si bien a Pablo le falta mucho para ser un real mozo, a bien, malva-rosita, que te casaremos a la oración, y que de noche todos los gatos son pardos.
Clemencia, que vio que su suegro se iba a explayar en un terreno en que su elocuencia era clara como el agua y verde como el apio, se apresuró a interrumpirlo diciéndole riendo:
-Padre, casamiento y mortaja, del cielo baja: ¿por qué os ha dado hoy por pensar en el porvenir que no apremia? Tiempo hay para pensar en eso.
-Pues qué, ¿acaso quieres, niña, que sea tu casamiento como el del tío Porra, que duró treinta años y no llegó la hora?
-¿No me habéis dicho siempre: Antes que te cases mira lo que haces? ¿Por qué de repente queréis que me case? ¿Por qué os habéis metido hoy de repente a casamentero?
-¡Tómate esa y vuelve por otra! -exclamó don Martín-. ¿Por qué? Porque soy tu padre, tío de aquel, dueño de mi caudal, y quiero saber en qué manos lo dejo; que deseo sean precisamente las vuestras. Te hablo de casamiento por mirar por tu conveniencia, y porque ese casamiento es vuestro bienestar mutuo; lo digo porque lo deseo, y porque no te has de pasar toda tu vida sola como el espárrago.
La pobre Clemencia estaba llena de angustia; sentía un excesivo alejamiento por el enlace que le proponían; pero echándose en cara ese inmotivado sentimiento de desvío como un capricho poco cuerdo, como una indocilidad sin disculpa, contestó la suave joven:
-Cuanto me pidáis haré a ojos cerrados.
-No a ojos cerrados, hija, no; que quiero que los abras como soles para ver todas las ventajas de esta boda, y que te convenzas que maridos como Pablo no se hallan así como así. El corazón de un rey, la sangre de un príncipe, el caudal de un duque, e ainda mais, la cabeza repulida como un guante, que así se la ha puesto mi hermano; ¿qué más quieres, malva-rosita? ¿Acaso otro verso suelto como mi hijo?
-No quiero más que daros gusto, padre -contestó Clemencia.
-Mi gusto es lo que te conviene, gachona: así queriendo mi gusto, quieres tu bienestar.
Fuese Clemencia poco después a su cuarto, donde se puso a llorar amargamente entre sus flores y sus pájaros."

Fernán Caballero: Clemencia, Edición de Julio Rodríguez-Luis, Madrid, Cátedra, 1975.

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