Escritoras y Pensadoras Europeas

Rosalía De Castro (1837 - 1885)

por Teresa López Sánchez

Rosalía De Castro

Hija de madre soltera (María Teresa de la Cruz de Castro), la familia de Rosalía pertenecía a la baja nobleza gallega.
Criada junto a su madre, se traslada a Santiago de Compostela y participa en las actividades del Liceo de San Agustín. Contrae matrimonio con un erudito cronista de Galicia llamado Manuel Murguía, quién se convirtió en el mayor precursor de la obra de Rosalía. Él fue quién mandó a imprimir los Cantares gallegos de su esposa y quién siempre apoyó e impulsó a Rosalía a escribir. Debido a los diversos trabajos que desarrolló Murguía, y aunque la familia cambió varias veces de domicilio (entre Madrid y Simancas), el matrimonio pasó largas temporadas separados quedando Rosalía al cuidado de los hijos (siete). Pero en 1868 se instalaron definitivamente en tierras gallegas y Rosalía nunca más volvió a salir de su Galicia natal.
A lo largo de su vida sufrió graves problemas de salud y esto, en buena parte, determinó el estilo de su obra. En ella muestra una gran personalidad de carácter reacio y con una profunda empatía con los desvalidos. Sin embargo, si por algo es importante su obra, es por el impulso que supuso para la cultura gallega.
Centrándose en los temas de su tierra, de sus gentes, Rosalía escribió tanto en gallego como en español sobre el dolor, el sufrimiento y los pesares de su pueblo. Esto explica que su poesía sea hiriente, dura, sentida... y que sea en ella donde exprese su visión de la vida: una mezcla perfecta entre vitalidad y denuncia social.
Tras el romanticismo de La Flor (1857) y el sentimentalismo de A mi madre (1863), escrito tras las muerte de su madre, la publicación de Cantares gallegos en 1863 supuso un acontecimiento cultural de primer orden en el panorama literario de la lengua gallega. Tras varios siglos en los que apenas se publicó nada escrito en gallego, la publicación de la obra de Rosalía fue decisiva en el renacimiento cultural de la esta literatura. Tan importante fue la repercusión de Cantares gallegos que la fecha de su publicación, a partir de 1963, se conmemora todos los años y se conoce como "El Día de las Letras Gallegas" (17 de mayo).

Rosalía murió de cáncer a los cuarenta y ocho años. A pesar de que pidió que sus restos descansaran en el cementerio de Adina (lugar repetidamente citado en sus poemas) en Iria Flavia, su cuerpo fue exhumado y trasladado al Panteón de Galegos Ilustres en la Iglesia de Santo Domingo de Bonaval (Santiago de Compostela), donde actualmente se encuentra.
Impulsora de la modernidad poética, practicó la pureza de formas e ideas, sinceridad y desnudamiento en la obra. Existe una fundación que lleva su nombre (La Fundación Rosalía de Castro) y tiene la finalidad es fomentar y difundir el legado cultural de la autora. Su sede es la casa de la autora en el Padrón: la misma donde murió. Personaje importante en su época, su rostro apareió en los billetes de 500 pesetas.

Obras

Obra poética:
La Flor (1857)
A mi madre (1863)
Cantares gallegos (1863) (gallego)
Follas novas (1880) (gallego)
En las orillas del Sar (1884) (español)
Obra en prosa:
La hija del mar (1859) (español)
Flavio (1861) (español)
El cadiceño (1863) (español)
Contos da miña terra (posteriormente divulgado con el nombre de Conto gallego) (1864)
Ruinas (1866) (español)
Las literatas (1866) (español)
El caballero de las botas azules (1867) (español)
El primer loco (1881) (español)
El domingo de Ramos (1881) (español)
Padrón y las inundaciones (1881) (español)
Mi tia la de Albacete (1882) (español)
Bibliografía crítica:
Paxinas sobre Rosalía de Castro, Xeus Alonso Montero, Edicions Xerais de Galicia.

Bibliografía Crítica

Carballo Calero, Ricardo: Particularidades morfológicas del lenguaje de Rosalía de Castro, Universidad de Santiago de Compostela, Santiago de Compostela, 1972.
Consello da cultura galega: Actos do congreso internacional de estudios sobre Rosalía de Castro e o seu tempo, Universidad de Santiago de Compostela, Santiago de Compostela, 1985, 1986.
González Besada, Augusto: Rosalía de Castro: notas biográficas, Biblioteca Hispania, Madrid, 1916.
Martín, Elvida: Tres mujeres gallegas del siglo XIX: Concepción Arenal, Rosalía de Castro, Emilia Pardo Bazán, Aedos, Barcelona, 1977.
Nogales de Muñíz, María Antonia: Irradiación de Rosalía de Castro: palabra viva, tradicional y precursora, Ángel Estrada, Barcelona, 1966.
Poullain, Claude: Rosalía de Castro y su obra, Editorian Nacional, Madrid, 1974.
K. Kulp, Kathleen: Manner and mood in Rosalía de Castro: a study of themes and style, Editorial Porrúa, Madrid, 1968.
Steven, Shelley: Rosalía de Castro and the galician revival, Tamesis Books Limited, London, 1986.

Enlaces de interés

Texto Representativo

Traducción Castellana

LOS TRISTES
1
De la torpe ignorancia que confunde
lo mezquino y lo inmenso;
de la dura injusticia del más alto,
de la saña mortal de los pequeños,
¡no es posible que huyáis! cuando os conocen
y os buscan, como busca el zorro hambriento
a la indefensa tórtola en los campos;
y al querer esconderos
de sus cobardes iras, ya en el monte,
en la ciudad o en el retiro estrecho,
¡ahí va!, exclaman, ¡ahí va!, y allí os insultan
y señalan con íntimo contento
cual la mano implacable y vengativa
señala al triste y fugitivo reo.
2
Cayó por fin en la espumosa y turbia
recia corriente, y descendió al abismo
para no subir más a la serena
y tersa superficie. En lo más íntimo
del noble corazón ya lastimado,
resonó el golpe doloroso y frío
que ahogando la esperanza
hace abatir los ánimos altivos,
y plegando las alas torvo y mudo,
en densa niebla se envolvió su espíritu.
3
Vosotros, que lograsteis vuestros sueños,
¿qué entendéis de sus ansias malogradas?
Vosotros, que gozasteis y sufristeis,
¿qué comprendéis de sus eternas lágrimas?
Y vosotros, en fin, cuyos recuerdos
son como niebla que disipa el alba,
i qué sabéis del que lleva de los suyos
la eterna pesadumbre sobre el alma!
4
Cuando en la planta con afán cuidada
la fresca yema de un capullo asoma,
lentamente arrastrándose entre el césped,
le asalta el caracol y la devora.
Cuando de un alma atea,
en la profunda oscuridad medrosa
brilla un rayo de fe, viene la duda
y sobre él tiende su gigante sombra.
5
En cada fresco brote, en cada rosa erguida,
cien gotas de rocío brillan al sol que nace;
mas él ve que son lágrimas que derraman los tristes
al fecundar la tierra con su preciosa sangre.
Henchido está el ambiente de agradables aromas,
las aguas y los vientos cadenciosos murmuran;
mas él siente que rugen con sordo clamoreo
de sofocados gritos y de amenazas mudas.
¡No hay duda! De cien astros nuevos, la luz radiante
hasta las más recónditas profundidades llega;
mas sus hermosos rayos
jamás en torno suyo rompen la bruma espesa.
De la esperanza, ¿en dónde crece la flor ansiada?
Para él, en dondequiera al retoñar se agosta,
ya bajo las escarchas del egoísmo estéril,
o ya del desengaño a la menguada sombra.
¡Y en vano el mar extenso y las vegas fecundas,
los pájaros, las flores y los frutos que siembran!
Para el desheredado, sólo hay bajo del cielo
esa quietud sombría que infunde la tristeza.
6
Cada vez huye más de los vivos,
cada vez habla más con los muertos
y es que cuando nos rinde el cansancio
propicio a la paz y al sueño,
el cuerpo tiende al reposo,
el alma tiende a lo eterno.
7
Así como el lobo desciende a poblado,
si acaso en la sierra se ve perseguido,
huyendo del hombre que acosa a los tristes,
buscó entre las fieras el triste un asilo.
El sol calentaba su lóbrega cueva,
piadosa velaba su sueño la luna
el árbol salvaje le daba sus frutos,
la fuente sus aguas de grata frescura.
Bien pronto los rayos del sol se nublaron.
la luna entre brumas veló su semblante,
secóse la fuente, y el árbol nególe,
al par que su sombra, sus frutos salvajes.
Dejando la sierra buscó en la llanura
de otro árbol el fruto, la luz de otro cielo;
y a un río profundo, de nombre ignorado,
pidióle aguas puras su labio sediento.
¡Ya en vano!, sin tregua siguióle la noche,
la sed que atormenta y el hambre que mata;
¡ya en vano!, que ni árbol, ni cielo, ni río,
le dieron su fruto, su luz, ni sus aguas.
Y en tanto el olvido, la duda y la muerte
agrandan las sombras que en torno le cercan,
allá en lontananza la luz de la vida,
hiriendo sus ojos feliz centellea.
Dichosos mortales a quien la fortuna
fue siempre propicia... ¡Silencio!, ¡silencio!,
si veis tantos seres que corren buscando
las negras corrientes del hondo Leteo.

Los tristes, Rosalía de Castro, en Antología poética, Edaf S.A., 2004.

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