Escritoras y Pensadoras Europeas

Anna Seghers (1900 - 1983)

por Marcos Román Prieto

Anna Seghers

"Anna Seghers: alemana, judía, comunista, escritora, mujer, madre. En cada una de estas palabras hay que pararse a reflexionar. Tantas identidades contradictorias, aparentemente excluyentes, tantos ligamentos profundos y dolorosos..." (Christa Wolf.)

Anna Seghers, cuyo verdadero nombre era Netti Reiling fue la hija de un comerciante de arte llamado Isidor Reiling y su mujer Frau Hedwig (nacida Fuld) perteneciente a una conocida familia de empresarios de Frankfurt; Nació el 19 de noviembre de 1900 en Mainz. Su familia, bastante adinerada, profesaba la religión judía ortodoxa.
En sus primeros años, la pequeña Netti visita la escuela privada para niños de la señorita Goertz y posteriormente sería matriculada en la escuela de señoritas de PeterStrasse. Durante la primera guerra mundial, ya con 14 años, Netti, como muchas de las muchachas de su clase se alistó junto con sus compañeras de escuela al Servicio de Ayuda para la Guerra pudiendo así aportar su granito de arena como compatriota.
Influenciada por el ambiente cultural familiar, en donde las sagas, los cuentos y las obras de los clásicos eran temas diarios, estudió en las universidades de Colonia y Heidelberg Historia, Historia del Arte y Sinología. Finalmente, en 1924 se doctoró en la Universidad de Heidelberg con una tesis sobre los judíos y el judaísmo en la obra de Rembrandt "Juden und Judentum im Werke Rembrandts"
A pesar de sus experiencias dentro de la clase acomodada, la vida universitaria había abierto una nueva perspectiva en el horizonte cultural de Netti, por lo que acabó uniéndose a grupos intelectuales de izquierdas y conocería a su futuro esposo. A los 25 años, y gracias a su fuerte personalidad, consiguió contraer matrimonio con el sociólogo, escritor y comunista húngaro László Radványi. En 1926 nació en Berlín su primer hijo Peter. En esos años comenzaron a editarse en el periódico alemán Frankfurter Zeitung sus primeros cuentos.
En 1927 escribió su cuento llamado "Grubetsch" bajo el nombre artístico Seghers. Al año siguiente, escribiría una nueva obra ya firmada como Anna Seghers, y tendría a su segunda hija: Ruth.
Efectivamente, fue en 1928 cuando publicó ese primer libro titulado "La Revuelta de los pescadores de Santa Bárbara" (Aufstand der Fischer von St. Barbara). Esta fue la obra que le abrió las puertas al mundo literario, pues su novela fue considerada como una obra maestra del postexpresionismo. Con esta obra, en la que relata de manera casi poética la rebelión humana de los pescadores contra el monopolio, la miseria y la solidaridad humana, asuntos siempre dominantes en su literatura, consiguió el premio Kleist, entregado por Hans Henry Jahn. En su obra, la autora hace uso de la corriente literaria del nuevo factualismo, cuidando al máximo los detalles en las descripciones. El lema de la obra es la necesidad del hombre de trabajar unidos para la lucha contra la opresión y el uso de la rebelión como método de lucha.
En ese mismo año y convencida de que no sólo había que luchar desde la escritura, se hizo miembro del KPD (Partido Comunista Alemán, o Kommunistische Partei Deutschlands). Uno de los detonantes para afiliarse en esos momentos fue el considerar que era el único partido en Alemania que se estaba enfrentando verdaderamente y de manera valiente contra el ya cada día más asentado nazismo.
Comprometida con sus ideales de defender las virtudes del colectivo y proletariado, en 1930 publicó una serie de relatos cortos sobre la pobreza y las huelgas de los trabajadores: "Auf dem Wege zur Amerikanischen Botschaft und andere Erzählungen". En dicha obra se refleja la influencia de Dostoyewsky en la recreación de los ambientes y la forma de adentrarse en los personajes atormentados. Fue en ese mismo año, 1930, cuando cumplió su sueño de viajar por primera vez a Moscú, quedándose admirada por el comunismo hecho realidad, vivido en directo.
De vuelta a Alemania, el nacionalsocialismo había llegado al poder, y tal y como ella misma había temido, fue arrestada temporalmente por la Gestapo. Anna Seghers ya era una conocida escritora comunista y su marido ostentaba el cargo de director de la Escuela Marxista de Trabajadores (MASCH). Acusada de varios cargos, entre ellos de desobediencia al Estado, y recluida temporalmente en una prisión de mujeres, supo que sus libros en Alemania habían sido prohibidos y quemados, para gran frustración e impotencia de la entonces muy joven autora. Pero quizás lo que más le hirió y causó desilusión en sus años fue el derrumbe de su propia utopía: que los trabajadores alemanes no se organizaran y lucharan contra el régimen nazi, sino muy al contrario, en su mayoría, por acción u omisión, fueran cómplices y partícipes del nuevo régimen. Poco después, y gracias a varios golpes de suerte, pudo escapar a Suiza, desde donde se trasladó a París en 1933. Allí tomó un papel comprometido y beligerante contra el gobierno nazi, siendo redactora de la revista Neue Deutsche Blätter, publicada en Praga, y participando en varias iniciativas de grupos intelectuales alemanes exiliados.
En 1934 estuvo en Viena, donde logró reunir una amplia documentación sobre la insurrección de febrero de 1934 y los últimos momentos de Engelbert Dollfuss, asesinado por los nazis austriacos habiendo sido un héroe de guerra y un gran político. Gracias a la información obtenida escribió la novela "Der Weg durch den Februar" (1935). También estuvo en España durante la guerra civil española siendo testigo directo de lo que ella consideró una auténtica revolución. De vuelta a París, fue una de las fundadoras del Schutzverbandes Deutscher Schriftsteller.
Con la llegada de la Segunda Guerra Mundial y la toma de París por parte de las tropas alemanas, en 1940, su vida dio un giro radical, su marido fue internado en el campo de concentración de Le Vernet en el sur de Francia. Anna Seghers logró de nuevo escapar y huir con sus hijos desde París hasta la parte del sur de Francia, la cual estaba gobernada por Pétain.
Ya en Marsella, intentó por todos los medios conseguir la liberación de su marido, y en cuanto hubo posibilidad de salir del país, a través de Martinica, Nueva York y Veracruz llegó hasta Ciudad de México. El viaje supuso una verdadera tortura de burocracias y visados pues su verdadera intención era instalarse en EEUU, país que no la acogió por el pasado comunista del matrimonio. Atrás había quedado su vida en Europa, pero no su trabajo, en aquellos cafés de París, en sus largas esperas en Marsella para la liberación de su amado, había escrito los borradores de dos grandes obras, llenas de todo lo que ella quería entregar al mundo: poder transmitir a tantas personas, a las miles que habían sido víctimas del nazismo, que existía la esperanza de una vida mejor, que la unión hacía la fuerza y que la palabra clave era la solidaridad entre los seres humanos. De aquella época francesa en medio del caos la esposa del compositor Eisier, relata "En este período caótico ella mantenía su ritmo de vida, escribía un libro y a una hora determinada de la tarde no se la podía molestar, porque hacía los deberes con sus hijos. Yo la admiré mucho, porque en medio de aquella existencia improvisada, de la histeria y el nerviosismo generales, exhalaba una gran calma".
En México Anna fue muy bien recibida y muy querida por escritores como Pablo Neruda y el autor brasileño Jorge Amado "Nadie poseyó en este mundo tanto encanto y fantasía como Ana - tanto, tanto." Por su parte, Anna se esforzó por integrarse y aprender enseguida el idioma. Como siempre era ella la que sacaba a su familia adelante, fue ella misma la que consiguió que su marido trabajara en la Universidad. Allí, Anna Seghers fundó el club antifascista Heinrich Heine siendo ella la presidenta. También Seghers colaboró en la revista Freies Deutschland, junto con otros escritores refugiados en el país, entre ellos Ludwig Renn. Fue en 1942 cuando publicó la que probablemente sería la novela más conocida, La séptima cruz (Das siebte Kreuz). En ella la autora descarga sus iras y denuncia aquella caída de la utopía que vivió estando detenida, la sociedad nihilista, aquella que no se compromete y que acabó cómplice con el nazismo. Narra la historia de siete evadidos de un campo de concentración nazi, el comandante del campo ordena clavar siete cruces por cada uno de los huidos perjurando encontrar a cada uno de ellos. De los siete prisioneros acosados por la Gestapo sólo uno logrará escaparse gracias a la ayuda valiente que le ofrecen algunas personas.
En Transit se describe, con detalle y con cierta influencia kafkiana, a través de la vida de algunos prófugos que se reúnen en Marsella con la esperanza de poder salir de Francia, el relato sobre la historia de aquellos que, por un motivo u otro, eran perseguidos y se veían obligados a abandonar la arruinada Europa por culpa del avance del nazismo, entre ellos incluso excombatientes republicanos españoles. Era en parte su propia biografía.
En junio de 1943 sufrió un gravísimo y extraño accidente de tráfico que la tuvo postrada en un Hospital. Para su alegría, un año más tarde, Fred Zinnemann filmó la película La Séptima Cruz, con actores como Spencer Tracy, en la que para muchos fue su mejor interpretación, lo que la convirtió en una autora conocida.
En 1947 volvería a la Berlín oriental, como miembro del Partido Socialista Unificado de Alemania (Sozialistischen Einheitspartei Deutschlands), en la entonces República Democrática Alemana. En ese año se le otorgó el premio Georg Büchner. En 1951 ganó el Premio Nacional de la DDR y realizó un viaje a la República Popular de China ya como autora consagrada. Mientras tanto, en la Alemania Federal se la ignoraba y consideraba una simple escritora del régimen.
Todos estos premios y viajes ratificó su compromiso con el socialismo y la sociedad del proletariado, lo cual se reflejaría en la obra "Die Toten bleiben Jung" (1949). Ese mismo año fue nombrada presidenta de la Federación de Escritores de la DDR. Sin embargo, poco después, al igual que ocurrió con otras escritoras alemanas como Christa Wolf, comprometidas pero también críticas, cuando en 1957 el editor e intelectual Walter Janka, fue procesado por una presunta "conspiración contrarrevolucionaria", ella se organizó e intervino a su favor.
Anna Seghers siguió publicando historias de amor apasionantes como la de 1971, llamada "Überfahrt ". Seis años más tarde publicó "Steinzeit/Wiederbegegnung "(1977), en la que uno de sus cuentos lleva impreso una bella historia de amor. La autora llevaría a cabo una intensa vida literaria, publicando ensayos, poesías, cuentos y libros sobre arte, literatura, sin abandonar nunca su fuerte compromiso político.
En 1975 fue nombrada Ciudadana de Honor de Berlín oriental. En 1978 falleció el que siempre fue su compañero en una vida tan intensa como la que vivieron. En 1981 también le sería concedida la Ciudadanía de Honor de su ciudad natal, Mainz.
Anna Seghers murió el 1 de junio de 1983 en Berlín, con el recuerdo de su esposo y con la certeza de que su vida y obra prácticamente quedaría en el olvido. Hasta el final de su vida, Anna había vivido en la misma casa berlinesa de la Volkswohlstraße 81 (calle hoy llamada Anna-Seghers-Straße).
La vida y obra de Anna Seghers, incluso años después de su muerte, y aún la caída del muro, no ha sido justamente reconocida. Se la acusa de no pronunciarse nunca contra el régimen de Stalin y de ser benevolente con los regímenes comunistas. Afortunadamente, en los últimos años existe una valoración menos negativa de su obra. Sigue siendo hoy una escritora tabú debido a su fuerte vinculación política, lo cual no debiera empañar su gran talento literario, al fin y al cabo, además de la genialidad de su pluma, de la que hizo gala siendo muy joven, las personas que, de manera honesta, están comprometidas y son fieles a sí mismas, independientemente de sus ideas, son un ejemplo que debe permanecer siempre en nuestra memoria.

Obras

1928 - Aufstand der Fischer von St. Barbara (La revuelta de los pescadores de Santa Bárbara)
1930 - Auf dem Wege zur amerikanischen Botschaft und andere Erzählungen
1932 - Die Gefährten
1933 - Der Kopflohn
1935 - Der Weg durch den Februar
1937 - Die Rettung
1940 - Die schönsten Sagen vom Räuber Woynok. Sagen von Artemis
1942 - Das siebte Kreuz (La séptima cruz)
1943 - Der Ausflug der toten Mädchen
1944 - Transit (Tránsito)
1948 - Sowjetmenschen. Lebensbeschreibungen nach ihren Berichten
1949 - Die Toten bleiben jung
1949 - Die Hochzeit von Haiti
1950 - Die Linie
1950 - Der Kesselflicker
1951 - Crisanta
1951 - Die Kinder
1952 - Der Mann und sein Name
1953 - Der Bienenstock
1958 - Brot und Salz
1959 - Die Entscheidung
1961 - Das Licht auf dem Galgen
1963 - Über Tolstoi. Über Dostojewski
1965 - Die Kraft der Schwachen
1967 - Das wirkliche Blau. Eine Geschichte aus Mexiko
1968 - Das Vertrauen
1969 - Glauben an Irdisches
1970 - Briefe an Leser
1970 - Über Kunstwerk und Wirklichkeit
1971 - Überfahrt. Eine Liebesgeschichte
1977 - Steinzeit. Wiederbegegnung
1980 - Drei Frauen aus Haiti
1990 - Der gerechte Richter (escrita en 1957, pero no publicada por motivos políticos hasta ese año).

Bibliografía Crítica

Walter Fähnders & Helga Karrenbrock (Hg.): Autorinnen der Weimarer Republik Bielefeld 2003 (Aisthesis Studienbuch 5). ISBN 3-89528-383-5
Birgit Schmidt: Wenn die Partei das Volk entdeckt. Anna Seghers, Bodo Uhse, Ludwig Renn u.a. Ein kritischer Beitrag zur Volksfrontideologie und ihrer Literatur Münster. ISBN 3-89771-412-4
Pierre Radvanyi: Jenseits des Stroms. Erinnerungen an meine Mutter A.S. Aufbau, Berlin 2005. ISBN 3-351-02593-9
Christiane Zehl Romero: Anna Seghers. Eine Biographie 1900–1947 Aufbau, Berlin 2000). ISBN 978-3-351-03498-6
dies.: Anna Seghers. Eine Biographie 1947–1983 ebd. 2003. ISBN 978-3-351-03497-9
Christiane Zehl Romero, Almut Giesecke (Hrsg.): Anna Seghers. Briefe 1924-1952, Aufbau, Berlin 2008, ISBN 978-3-351-03473-3

Enlaces de interés

Texto Representativo

En este fragmento de su novela "Tránsito", Anna Seghers revive la muerte de su amigo y escritor Ernst Weiß, al que la autora intentó visitar en su hotel poco después de que éste se hubiera suicidado con la llegada de los alemanes a París.

«Das Hotel in der Rue de Vaugirard, schmal und hoch, war ein Durchschnittshotel. Die Patronin war über dem Durchschnitt hübsch. Sie hatte ein zartes, frisches Gesicht und pechschwarzes Haar. Sie trug eine weiße Seidenbluse. Ich fragte ganz ohne Überlegung, ob ein Zimmer frei sei. Sie lächelte, während mich ihre Augen kalt musterten. "Soviel Sie wollen." - "Zuerst etwas anderes", sagte ich, "Sie haben hier einen Mieter, Herrn Weidel; ist er zufällig daheim?"

Ihr Gesicht, ihre Haltung veränderten sich, wie das nur bei Franzosen zu sehen ist: Die höflichste unnachahmliche Gleichmütigkeit schlägt plötzlich, wenn da die Fäden reißen, in rasende Wut um. Sie sagte, ganz heiser vor Wut, aber schon wieder in den geläufigen Redensarten:

"Man fragt mich zum zweitenmal an einem Tag nach diesem Menschen. Der Herr hat sein Domizil gewechselt - wie oft soll ich das noch erklären?" - Ich sagte: "Sie erklären es jedenfalls mir zum erstenmal. Haben Sie doch die Güte, mir zu sagen, wo der Herr jetzt wohnt." - "Wie soll ich das wissen", sagte die Frau. Ich merkte langsam, auch sie hatte Furcht, aber warum?

"Sein jetziger Aufenthalt ist mir unbekannt, ich kann Ihnen wirklich nicht mehr sagen." Den hat am Ende doch die Gestapo geholt, dachte ich. Ich legte meine Hand auf den Arm der Frau. Sie zog ihren Arm nicht weg, sondern sah mich an mit einem Gemisch von Spott und Unruhe. "Ich kenne ja diesen Mann überhaupt nicht", versicherte ich, "man hat mich gebeten, ihm etwas auszurichten. Das ist alles. Etwas, was für ihn wichtig ist. Ich möchte auch einen Unbekannten nicht nutzlos warten lassen."

Sie sah mich aufmerksam an. Dann führte sie mich in das kleine Zimmer neben dem Eingang. Sie rückte nach einigem Hin und Her mit der Sprache heraus.

"Sie können sich gar nicht vorstellen, was dieser Mensch mir für Unannehmlichkeiten bereitet hat. Er kam am 15. gegen Abend, als die Deutschen schon einzogen. Ich hatte mein Hotel nicht geschlossen, ich war geblieben. Im Krieg, hat mein Vater gesagt, geht man nicht weg, sonst wird einem alles versaut und gestohlen. Was soll ich mich auch vor den Deutschen fürchten? Die sind mir lieber als die Roten. Die tippen mir nicht an mein Konto. Herr Weidel kommt also an und zittert. Ich finde es komisch, wenn einer vor seinen eigenen Landsleuten zittert. Ich war aber froh über einen Mieter. Ich war ja damals allein im ganzen Quartier. Doch als ich ihm meinen Anmeldezettel bringe, da bat er mich, ihn nicht anzumelden. Herr Langeron, wie Sie ja wissen, der Herr Polizeipräsident, besteht streng weiter auf Anmeldung aller Fremden, es muß ja auch Ordnung bleiben, nicht wahr?" - "Ich weiß nicht genau", erwiderte ich, "die Nazisoldaten sind ja auch alle Fremde, Unangemeldete." - "Nun, dieser Herr Weidel jedenfalls machte Chichi mit seiner Anmeldung. Er habe sein Zimmer in Auteuil nicht aufgegeben, er sei ja auch dort angemeldet. Mir gefiel das gar nicht. Herr Weidel hat schon mal früher bei mir gewohnt mit seiner Frau. Eine schöne Frau, nur hat sie zu wenig auf sich gehalten und öfters geweint. Ich versichere Ihnen, der Mensch hat überall Unannehmlichkeiten gemacht. Ich ließ ihn also in Gottes Namen unangemeldet. Nur diese eine Nacht, sagte ich. Er zahlte im voraus. Am nächsten Morgen kommt mir der Mann nicht herunter. Ich will es kurz machen. Ich öffne mit meinem Nachschlüssel. Ich öffne auch den Riegel. Ich habe mir mal so ein Ding anfertigen lassen, womit man den Riegel zurückschiebt."

Sie öffnete eine Schublade, zeigte mir das Ding, einen schlau ausgeknobelten Haken.

"Der Mensch liegt angekleidet auf seinem Bett, ein Glasröhrchen leer auf dem Nachttisch. Wenn das Röhrchen vorher voll war, dann hat er eine Portion im Bauch gehabt, mit der man alle Katzen unseres Quartiers hätte umbringen können. Nun hab ich ja zum Glück einen guten Bekannten bei der Polizei Saint Sulpice. Der hat mir die Sache ins reine gebracht. Wir haben ihn vordatiert angemeldet, den Herrn Weidel. Dann haben wir ihn sterben lassen. Dann wurde er beerdigt. Dieser Mensch hat mir wirklich mehr Verdruß gemacht als der Einmarsch der Deutschen."

"Immerhin, er ist tot", sagte ich. Ich stand auf. »

Traducción Castellana

"Aquel hoteI de la calle de Vaugirard, angosto y alto, era un hotel corriente. La patrona era más guapa de lo normal: tenía un rostro fino y fresco y un cabello negrísimo; llevaba una blusa de seda blanca. Sin pensarlo, le pregunté si tenía una habitación libre. Ella sonrió mientras su mirada fría me examinaba. "Tantas como quiera". -"Antes, otra cosa -dije-. Usted tiene aquí un inquilino, el señor Weidel. ¿Está en casa, por casualidad?"

Su rostro y su actitud cambiaron como sólo puede observarse en los franceses: la más cortés e inimitable indiferencia de repente se torna en cólera cuando pierden el control.

Muy alterada por el enfado, dijo estas frases:

"Ya es la segunda vez que en un mismo dia se me pregunta por ese hombre. EI señor ha cambiado de domicilio. ¿Cuántas veces tengo que explicarlo?". Yo, respondí "A mí, en todo caso, es la primera vez que me lo dice. Tenga la bondad de decirme dónde vive ahora ese señor."-¿Y cómo voy a saberlo yo? -dijo la mujer.
Poco a poco me di cuenta de que también ella tenía miedo. Pero, ¿por qué?

"No sé dónde estará ahora, es lo único que puedo decirle." Al final se lo llevó la Gestapo, pensé yo. Puse mi mano sobre el brazo de la mujer; pero ella no lo apartó, sino que me miró con una mezcla de ironía e inquietud. "No conozco a ese hombre de nada- aseguré yo - se me ha pedido que le haga llegar algo, eso es todo, algo muy importante para él. Tampoco quiero hacer esperar a un desconocido."

Me miró atentamente. Luego me condujo hasta una pequeña habitación al lado de la entrada. Tras titubear volvió a hablar: "No puede usted imaginarse todos los disgustos que ese hombre me ha causado. Llegó el 15 por la tarde, cuando los alemanes llegaron. Yo no había cerrado mi hotel; me quedé. Mi padre decía que en la guerra, uno no puede marcharse, porque si no le roban y ensucian a uno todo. Y, ¿qué tengo yo que temer a los alemanes? Yo los prefiero a los rojos; por lo menos no me tocarán mi cuenta en el banco. El señor Weidel llegó temblando. Me parece raro que alguien tiemble ante sus propios compatriotas. Yo estaba contenta de tener un inquilino, pues entonces estaba sola en todo el barrio. Pero cuando le llevé la hoja de registro, me rogó que no lo inscribiera. EI señor Langeron, como usted ya sabe, el señor prefecto de la policía, insiste rigurosamente en el registro de todos los extranjeros, y es preciso que haya orden, ¿no ? "-"Pues no lo sé exactamente", correspondí, "los soldados nazis, son también extranjeros y no se registran". -
"Bueno, ese señor Weidel, en todo caso, incordiaba con su registro. Me dijo que aún no había dejado su habitación en Auteuil, y que allí ya estaba registrado. No me gustaba nada. Ya antes había vivido en mi hotel, con su mujer. Una mujer preciosa, aunque no se arreglaba mucho y lloraba a menudo. Le aseguro que ese hombre ha causado problemas en todas partes. Por caridad cristiana le dejé sin registrar, aunque sólo por esa noche, le dije. Pagó por adelantado. Al día siguiente no me bajó el hombre. Voy a abreviar: abrí con mi otra llave. También abrí el pestillo, pues una vez mandé hacer uno de esos aparatos con los que se pueden correr los pestillos desde fuera.

Ella, al decir eso, abrió un cajón y me enseñó el aparato, un gancho de construcción muy hábil.

"EI hombre estaba tumbado y vestido sobre la cama. En la mesita de noche había una ampolla de cristal vacía. Si esa ampolla estaba antes llena, eso quería decir que el hombre tendría en el estómago algo que sería capaz de matar todos los gatos de barrio. Por suerte tengo un buen conocido en la policía de Saint Sulpice, y éste me arregló el asunto. Inscribimos al señor Weidel con fecha del día anterior, y después lo dejamos morir. Luego fue enterrado. Esa persona me causó realmente más disgustos que la entrada de los alemanes."

"Sea como fuera, está muerto"- dije yo. Me levanté."

Fragmento de Tránsito. Traducido por Marcos Román Prieto.

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