Escritoras y Pensadoras Europeas

Mercé Rodoreda I Gurguí (1908 - 1983)

por Maria P. Moliner Marin

Breve biografía
Mercé Rodoreda i Gurguí es considerada como una de las grandes novelistas del siglo XX en lengua catalana. Sus obras siguen hoy en día traduciéndose a otras lenguas y ganando lectores, y sobre todo lectoras, e investigadores que van aportando más información y nuevas perspectivas a su producción literaria. Nació en Barcelona el 10 de octubre de 1908 y vivió su infancia y parte de la adolescencia en un pequeño chalet del abuelo materno en el barrio de Sant Gervasi, alejada del bullicio del centro de la ciudad y rodeada de casas señoriales, jardines y naturaleza. Protegida probablemente en exceso por su abuelo, quien le aportó no solo el calor familiar sino que influyó fuertemente en su formación cultural y catalanista, se cría en un ambiente cerrado y casi endogámico roto tan solo por la asistencia a algunas manifestaciones literarias. Por el hecho de ser mujer, su familia no le permitió seguir sus estudios que tuvo que abandonar a los nueve años con el pretexto de ayudar en casa. Más pendientes del "qué dirán", la mantuvieron al margen del ambiente social e intelectual barcelonés del momento.
La muerte del abuelo cuando ella contaba con doce años marcó un punto de inflexión en su vida, como se percibe en toda su producción literaria. La pérdida de una figura tan trascendental para la niña supuso, además, que su soledad en un barrio que se le iba deviniendo en exceso tranquilo, se intensificara. Poco tiempo después conoce a Joan Gurguí i Guàrdia, tío materno recién llegado de América, con quien le concertarán un matrimonio que se materializará ocho años después, y con el que tendrá un hijo. Muy pronto, la escritora desmitificará la idílica idea que sobre el matrimonio tenía y los problemas de la pareja se acentuarán por la diferencia de edad y la divergencia entre los proyectos de ambos.
El ambiente de euforia y libertad que se vive durante los breves años de la república la ayudan a tomar conciencia de su situación de opresión, reclusión y falta de libertad como mujer. Comienza a escribir y colabora en la radio, diarios y revistas de Barcelona, además de en la Institució de les Lletres Catalanes y, en consecuencia, frecuenta a los intelectuales y escritores catalanes, entrando a formar parte del mundo literario de la época.
El exilio a Francia, acabada la guerra civil, le supuso inicialmente una liberación del ámbito familiar y el descubrimiento de una vida llena de expectativas profesionales y personales. La planificación por parte de la Conselleria de Cultura de la Generalitat Catalana del exilio de sus intelectuales en enero de 1939, permitió un contacto entre los mismos, incluso la conciencia de grupo. Así, en Roissy-en-Brie, coincidió la escritora con personalidades como Pompeu Fabra, Francesc Trabal, Joan Oliver, Cèsar August Jordana, Anna Murià, Pere Calders, Rosa Artís o Armand Obiols, entre otros. Este último, amante y posterior pareja de la escritora, ejercería una fuerte influencia sobre ella, condicionando en muchas ocasiones en exceso su escritura.
Pero a la situación dramática del exilio se unió la vivencia de la segunda guerra mundial, la necesidad de escapar de nuevo, esta vez a Burdeos, el distanciamiento de Obiols y de muchos de sus amigos y referentes y el abandono de proyectos.
Después de un peregrinaje de varios años por diferentes ciudades de Francia, dificultades económicas, problemas de salud y una gran precariedad laboral, Rodoreda y Obiols se instalan en Ginebra de manera menos provisional, aunque él continua viajando con frecuencia, dejándola sola durante largas temporadas. Gracias al trabajo de traductor para la UNESCO de Obiols y de sus colaboraciones en diferentes organismos internacionales, vivirán unos años de manera más pausada y menos precaria; de este modo, ella puede dedicar más tiempo a la escritura y reescritura de sus obras. Sin embargo, son continuos sus problemas con editores y editoriales para la publicación y traducción de sus novelas y las decepciones por no conseguir los premios literarios, a los que se presenta insistentemente con obras nuevas o reescritas. Por fin en 1966 obtiene el premio Sant Jordi de novela, lo cual le supone el primer paso para comenzar a vivir de la literatura. Llegarán poco después algunos premios antes negados y otros nuevos como el premio de la Crítica o el de reciente implantación Ramon Llull, que le abrirá las puertas del mundo hispanoamericano. También en esta época consigue desbloquear las traducciones de sus novelas a otras lenguas y comienzan a aparecer las primeras ediciones en inglés, francés o checo. Consigue, así, su objetivo marcado desde hace muchos años: afianzar su reconocimiento como escritora de calidad tanto en España y en Cataluña como en el resto de Europa. Pero sus fracasos con los premios literarios y los problemas de traducción no terminan aquí: sigue presentándose a premios que le niegan supuestamente por causas políticas, de género u otras más espurias; esta derrota es vivida de tal modo por la escritora que incluso niega haberse presentado a muchos de ellos.
En 1979, ya sola, después de algunas visitas a Barcelona para acogerse al derecho de amnistía laboral decretado por la Generalitat (que nunca le concedieron), vuelve definitivamente y se instala en Romanyà de la Selva, donde vive con dos amigas sus últimos años. Por fin en 1980 le conceden el máximo galardón de las letras catalanas: el Premi d'honor de les Lletres Catalanes. Pocos años antes, en 1976 le proponen llevar al cine una de sus obras más conocidas actualmente: La plaça del diamant, que se estrena en 1982 con el director Francesc Betriu, protagonizada por Silvia Munt, y que la relanza como escritora; la película es televisada y Rodoreda ve cómo crece su popularidad.
Muere en un hospital de Girona en 1983.

Producción literaria
Resulta difícil ubicar a Mercé Rodoreda en un género literario determinado, no sólo porque a lo largo de su vida cultivó tanto el teatro como la novela, el cuento y la poesía, sino también porque, como consecuencia del hibridismo contemporáneo de los géneros, su producción en prosa, que es la que la ha proyectado internacionalmente, está impregnada de una recurrente presencia de elementos líricos.
Comienza con el cultivo del relato breve, colaborando desde muy joven en revistas y periódicos de Barcelona como Revista de Catalunya, Mirador o La Revista. Dichos relatos fueron recopilados posteriormente, junto con otros inéditos, en el libro Semblava de seda i altres contes (1978). Otras recopilaciones posteriores de sus relatos son Vint-i-dos contes (1958), La meva Cristina i altres contes (1967), Viatges i flors (1980), Quanta, quanta guerra (1980) o La mort i la primavera (1990).
Parte de su obra narrativa responde a la clasificación de novela corta, como El carrer de les Camèl­ies (1966) o Jardí vora el mar (1967), a partir de las cuales elaborará sus novelas largas, las más conocidas son Aloma (1938), La plaça del diamant (1962) o Mirall trencat (1974), la más ambiciosa, que puede ser considerada una novela río. No son éstas, sin embargo, sus primeras novelas, pues anteriores a ellas están las que podrían denominarse novelas de juventud, menos conocidas porque después de su publicación fueron rechazadas por la autora: Soc una dona honrada? (1932), Del que hom no pot fugir (1934), Un dia a la vida d'un home (1934) y Crim (1938). Estas obras pertenecen a la misma época que Aloma, y en ellas, a pesar del débil pulso narrativo, se deja entrever ya la atracción de la escritora hacia el mundo femenino, que se convertirá con el tiempo en una constante a lo largo de toda su literatura.
Su última novela, Isabel i Maria, de publicación póstuma (1991) se puede considerar, más que como una novela abierta, como un work in progress, como explica su crítica más importante, Carme Arnau. Se trata de un corpus de escritos sobre una novela nunca concluida y en continua revisión que aportan importante información sobre el método de trabajo de la escritora y sobre la estrecha relación entre sus novelas. En ella se percibe el afán de innovación de estilo, al dar voz a diferentes personajes y ofrecer, de este modo, un multiperspectivismo que aporte relatividad a lo contado.

Tópicos y estilo
Muchos son los elementos que dan cohesión a su producción literaria, tanto en lo que respecta al estilo como en la utilización de ciertos tópicos que se van repitiendo constantemente. En primer lugar, podemos destacar que los personajes más relevantes de sus obras son femeninos, pero lejos del encorsetamiento de las protagonistas que encontramos en muchos novelistas, la escritora nos ofrece un abanico amplio y variado de la figura de la mujer, tanto en lo que concierne a la edad como al estatus social, nivel cultural..., cuyo único elemento de relación, además de su sexo, es la ubic­ación en Barcelona. Todos sus personajes tienen también en común la capacidad de reflexionar sobre ellos mismos y sobre su modo particular de ver el mundo que las rodea. Son frecuentes los planteamientos existen­ciales como la búsqueda de identidad, la soledad o la libertad, que en ocasiones llegan a provocar incluso la histeria; todo ello siempre desde una perspec­ti­va femenina, marcada por la materni­dad, casi siempre conflictiva, cuyo enfoque responde a la idea que, sobre este aspecto, nos da Julia Kristeva. Por esa adopción de un punto de vista femenino complejo, y por el rechazo en la reproducción de estereotipos simplificadores su obra literaria da una imagen más cercana de la psiqué de la mujer contemporánea.
Otros subtemas que giran alrededor de la escritura femenina son: las complejas relaciones madre-hija, vistas siempre desde distintos puntos de vista, el jardín, las flores, las relaciones familiares, la figura del tío-marido o la soledad.
Muchos de estos tópicos se convierten en símbolos personales por la fuerte trabazón que mantienen con la propia vida de la escritora y por su aparición repetitiva incluso machacona; entre dichos símbolos se produce en ocasiones una relación estrecha fácilmente interpretable; es el caso de la pérdida de la infancia a los doce años y la consiguiente pérdida de la felicidad que coincide con la obsesión por la sangre que a menudo lo impregna todo a través del color de ciertas flores y la evocación de recuerdos; junto a ellos, el descubrimiento del mundo y, en consecuencia, la toma de conciencia de falta de libertad. Otro ejemplo podría ser el valor simbólico de los nombres de las mujeres o su relación con símbolos florales, presentes en casi todas sus obras y exentos todos ellos de la candidez e ingenuidad que les atribuye la tradición; por contra, la crueldad, en sus diferentes manifestaciones, es casi omnipresente.
Junto al jardín, otro de los escenarios preferentes en las novelas de Rodoreda es la casa, ambos acabarán convirtiéndose en la imagen de la mujer que los habita y en un reflejo de la evolución de su propia vida; de ahí la importancia del paso del tiempo como un fenómeno en muchas ocasiones degradador que incluso condiciona los recuerdos hasta el punto de llegar a modificar la imagen del pasado.
Esta evolución de los personajes paralela a la casa y al jardín adquiere tal importancia en las novelas que la conciencia del transcurso del tiempo viene proporcionada por los cambios que se producen en esa la realidad exterior más cercana.


Técnicas discursivas
Pero la calidad de un escritor no se reconoce por la utilización de ciertos tópicos o la evolución de los mismos en símbolos, que, aunque numerosos en Rodoreda, son siempre limitados. Su reconocimiento como novelista contemporánea viene dado por el dominio de las técnicas narrativas, su capacidad para utilizar diferentes niveles diegéticos y distintas posiciones enunciativas incluso dentro de una misma novela y la maestría en el uso de la polifonía en su producción más madura. Estamos ante una escritora en continuo proceso de evolución que comenzó escribiendo cuentos con gran maestría pero no quiso limitarse a las posibilidades sintéticas de este género sino que indagó en las capacidades discursivas de la novela.
Así, comenzó con el uso de la heterodiégesis (tercera persona) en novelas de juventud como Aloma, pero aventurándose en un narrador equisciente que mostrara un conocimiento del mundo limitado e ingenuo, el de su propia protagonista.
En La plaça del Diamant, sin embargo, tenemos una narradora autodiegética (primera persona) que exhibe en su propio discurso rasgos que la definen y caracterizan; así, a través de un denso monólogo interior, Colometa cuenta su propia vida, pero exhibiendo una total pasividad ante el mundo que la rodea, sin conciencia alguna de responsabilidad o actitud positiva. La impresión que ofrece al lector la incapacidad de controlar y conducir su propia existencia.
Dichas posiciones enunciativas ofrecerían pocas posibilidades a una escritora perfeccionista y con grandes aspiraciones. Por ello probablemente escribiera una novela totalmente realista, con ciertas dosis de naturalismo: Mirall trencat, contada en su totalidad por un narrador omnisciente, fuera del universo de la historia, que, desde una posición ajena a los sucesos, al tiempo que demiúrgica, manipula los personajes, las acciones, el tratamiento del tiempo... La adopción de una técnica tradicional no resta, sin embargo, modernidad a un relato en el cual se encuentran ciertos rasgos estilísticos propios del momento en que fue escrito, como son el perfeccionamiento en el uso del estilo indirecto libre, la multifocalización, el acceso mental de alternancia limitada, la ironía, etc. Rodoreda se apoya en formas literarias instituidas por la escritura masculina que, no obstante, quedan subvertidas al ser utilizadas como instrumentos de transmisión de experiencias femeninas.
En muchas de sus novelas homodiegéticas se transmite la sensación de que la historia de la protagonista no tiene un interlocutor definido, con lo que se refuerza el vacío existencial de la narradora-protagonista. Además, es frecuente la narración personal disonante caracterizada porque en el discurso aparecen claramente dos ejes diegéticos: el que se sitúa cronológicamente en el momento de la enunciación, y el que se apoya estructuralmente en un tiempo pasado, por lo que existe una distancia temporal entre el tiempo de la historia y el tiempo del discurso. La escritora contemporánea indaga, por tanto, en las posibilidades que su palabra ofrece para la expresión de un mundo oculto y percibido como individual y diferente, de ahí el uso frecuento de la corriente de conciencia. Esto la diferencia de la novela escrita por mujeres de épocas anteriores, cuya finalidad básica consistía en que no se percibiera a través de la escritura la condición femenina de la autora y, de este modo, exponer una visión de la realidad ficticia que no difiriera de la ya expuesta.

En casi todas las narradoras contemporáneas se percibe una preocupación por indagar en las diferencias por razón de sexo y por determinar el proceso a partir del cual el individuo se convierte en mujer. De ahí que sea frecuente que los relatos se retrotraigan a la época de pubertad de las protagonistas, dado que la adquisición de la conciencia de la diferencia marca un punto de inflexión en la vida de los personajes femeninos. Al dar la palabra al personaje femenino, la descripción de los hechos difiere de la realizada por los personajes masculinos.


Como otros muchos escritores en el exilio, Rodoreda escribe inspirándose en su tierra, pero desde una observación a distancia que provoca una visión de la realidad a menudo deformada por la selección de recuerdos e idealizada por la añoranza, pero enriquecida por la perspectiva y por las vivencias de otras realidades distintas a las vividas en su espacio propio.


Obras

OBRAS ESCRITAS POR MERCÉ RODOREDA:
Colecciones de Cuentos:
Vint-i dos contes
La meva Cristina i altres contes
Semblava de seda i altres contes
Tots els contes
Viatges i flors
Quanta, quanta guerra
La mort i la primavera
Gallines de Guinea
La brusa vermella i altres contes

Novelas cortas
El carrer de les Camèl­ies
Jardí vora el mar

Novelas:
Soc una dona honrada?
Del que hom no pot fugir
Un dia a la vida d'un home
Crim
Aloma
La plaza del Diamant
Mirall trencat

Bibliografía Crítica

BIBLIOGRAFÍA SOBRE MERCE RODOREDA

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Enlaces de interés

Texto Representativo

De bona gana, si hagués estat a casa seva, s'hauria estirat al llit, que era el que feien amb la seva mare quan tornaven de comprar. Es quedà plantada a la sortida de la cuina mirant el pare. No s'hi hauria aventurat pas a la nit. Feia dos anys que era a la casa i encara li feien por els arbres, li semblava que creixien tots alhora i que es deien coses entre ells. Una vegada el senyoret Eladi li havia dit que al fons del parc hi havia tres cedres del Líban i ella li havia respost que no n'havia vist mai cap. "Un dia, si vol, l'acompanyaré a veure'ls. Ella li digué que gràcies... Al llorer arran de la cas només li tocava el sol al matí. Tenia branques i brots baixos que els senyorets no deixaven tallar mai perquè les minyones puguessin agafar fulles sense que els calgués escala. El mirà una mica inquieta. Alguna cosa no era com sempre. La soca del llorer estava coberta d'uns regalims de color de mangra. I la terra, al coberta d'uns regalims de color de mangra. I la terra, al voltant era molla i clapada d'estries vermelles. Aquells regalims brillaven. Es tocà amb la punta d'un dit, s'olorà el dit i no feia olor de res. Mirà enlaire. Per etre les fulles espesses veié una cosa blanca, com si un llençol hagués caigut d'un balcó i hagués quedat penjat al mig del llorer. Torná a passar el dit pels regalims i arrencà a córrer esperitada i cridant que per la soca del llorer baixava sang. L'Armanda, asseguda pelant tomàquets, i la Jacinta, rentant llagostins a raix d'aixeta, giraren el cap en rodó. L'Armanda digué: "Anem a dalt aveure què passa", tot donant una mala mirada a la Júlia perquè estava tan esverada. Pujaren al tercer pis, sortiren al balcó i s'hi abocaren. L'Armanda es tapà la cara amb les mans i es doblegà tota com si li haguessin clavat un cop de puny al ventre. Les altres dues se senyaren amb els ulls tancats.

Mirall trencat

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