Escritoras y Pensadoras Europeas

Concepción Arenal (1820 - 1893)

por Sara Rodriguez Bonal

Concepción Arenal

Concepción Arenal nació en el Ferrol, el 31 de enero de 1820. Quedó huérfana de padre a la edad de ocho años . Su padre, don ángel del Arenal, participó en varias contiendas bélicas y sufrió muchas veces prisión por su ideología liberal y por estar en contra del régimen monárquico absolutista de Fernando VII. La madre de Concepción, doña María Concepción de Ponte era descendiente de una familia de nobles de título.
Después de la muerte de su padre, la familia se traslada a Madrid . En 1842 Concepción se viste de hombre para poder asistir a la Universidad Complutense de Madrid y tomar clases en la Facultad de Derecho.
En 1848 se casó con Fernando García Carrasco, que aceptaba la actitud combativa de Concepción ante las injusticias de su época. Durante su matrimonio se ganan la vida escribiendo para el periódico La Iberia. En 1857 Fernando García muere, y Concepción decide trasladarse a Oviedo, y posteriormente a Portes.
Concepción dedicó su pluma a la reivindicación de las situaciones marginadas; escribió para que la leyeran, para que la entendieran, para que sus lectores participaran en sus ideales. Uno de los aspectos más progresistas es su consideración de la mujer como ser humano marginado a quien hay que ayudar, estimular y respetar, no en rendiciones galantes, ni en modales encantadores y protectores, sino educándola en la dignidad de su propia condición. Como escritora, eligió el género y los medios más accesibles a los lectores : el género epistolar y el folletín
A parte de su actividad como escritora, fue activista de sus ideas sustentadas en sus artículos y libros : conoció el horror de las cárceles de mujeres y hombres, la inmisericordia y miseria de hospicios y manicomios, y hasta en la guerra civil carlista acompañó a las tropas cristianas para atender heridos de amobos bandos. Tanta actividad, le hizo ser merecedora del nombramiento de visitadora de prisiones de mujeres en 1863 en La Coruña, cargo al que renuncia sin justificación aparente en 1865. En 1868, es nombrada inspectora de casas de corrección de mujeres, cargo que ocupa hasta 1873. En 1871-72, fue nombrada secretaria general de la Cruz Roja. También fue miembro de la Junta Directiva del Ateneo de Señoras, fundado en Madrid por Fernando de Castro.
La década de los ochenta fue más reposada en la vida de Concepción Arenal. Sobrepasados los setenta años, vivía con su hijo Fernando. A inicios de 1890 decidió cambiar su residencia a Vigo en donde se agravaron sus dolencias, falleciendo finalmente el cuatro de febrero de 1893.

Obras

De 1850 a 1860, Concepción Arenal escribe de todo: poesías, una novela, Historia de un corazón. También escribió el libreto para una zarzuela -Los hijos de Pelayo- y algunas obras de teatro -Un poeta, La medalla de oro, Dolor y misterio- y muchas poesías. En cuanto su vena poética lo más curioso, lo que manifiesta mejor su vocación didáctica es un tomito de poesías titulado Fábulas en verso, que publicado en 1854, fue de inmediato declarado texto oficial en las escuelas de primera enseñanza. Como sucede desde tiempo inmemorial, las fábulas se han ofrecido siempre con un sentido utilitario, fácil de comprender y asimilar su mensaje, siempre sencillo y aplicable a la vida diaria. Su oda La Esclavitud recibió el primer premio en el certamen convocado por la Sociedad Abolicionista de España en 1866.

Como escritora eligió el género y los medios más accesibles a los lectores: Género epistolar -Cartas a los delincuentes, Cartas a un obrero, Cartas a un señor-; folletos de no muchas páginas como El visitador de presos, El reo, el pueblo y el verdugo, o La ejecución pública de la pena de muerte. Siempre la utilización de la prensa: fundó La Voz de la Caridad, cuyo primer número salió el 15 de marzo de 1870.

Bibliografía Crítica

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Enlaces de interés

Texto Representativo

«Consecuencia de pagarse tan poco su trabajo es que la mujer tiene que trabajar mucho y caer bajo el peso de una tarea continuada superior a sus fuerzas. El médico del hospital o de los socorros domiciliarios certifica la muerte o da cuenta de tal o cual enfermedad que afecta al pulmón, al estómago o al hígado; pero si, en vez de hacer constar los efectos, se buscara la causa del mal, resultaría que una enferma estaba doce o catorce horas doblada sobre la costura o dando a la máquina y comiendo mal; que la otra se levantó y trabajó antes de tiempo, recién parida, o criando y comiendo mal tenía que desempeñar una ruda tarea; que la de más allá, en una época crítica, en vez de hacer ejercicio, respirar aire puro, oxigenar bien su sangre y entonarse con una buena alimentación, estuvo en el taller o en la fábrica respirando una atmósfera infecta, sentada siempre o siempre de pie, con posturas y esfuerzos antihigiénicos, humedad, mucho frío o mucho calor, etcétera. Centenares, miles, muchos miles de mujeres, para la ciencia médica sucumben de esta o de la otra enfermedad; pero la ciencia social sabe que mueren de trabajo».

Arenal C. El pauperismo. Cap. VII:
«Del trabajo de las mujeres».

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