Escritoras y Pensadoras Europeas
I+D del Ministerio de Educación y Ciencia (Duración: 3 años. Ref. HUM 2005-06658/FILO)
Investigadora Principal Dra. Mercedes Arriaga
Universidad de Sevilla
Escritoras y Pensadoras Europeas
María De La O Lejárraga (1874 - 1974)
por Marina Bianchi
- Período Literario: Siglo XX
- Lengua en la que escribe: Castellano
María de la O Lejárraga (San Millán de la Cogolla, La Rioja, 1874 – Buenos Aires, 1974) adoptó y conservó durante toda su vida los apellidos del marido, Gregorio Martínez Sierra. Además de los apellidos, guardó siempre en su corazón cierta dependencia “moral” del él. La mayoría de sus obras, como han señalado muchos estudiosos de la autora, llevan el nombre del esposo y en algunas aparecen los dos. María sólo firmó unas traducciones, los volúmenes de prosa “Cuentos breves” (1899), “La mujer ante la República” (1931), “Una mujer por caminos de España” (1952), “Viaje de una gota de agua” (1954), “Gregorio y yo (medio siglo de colaboración)” (1953), y la colección de obras teatrales “Fiesta en el Olimpo” (1960).
María Lejárraga vivió una vida intensa. Nació en San Millán de la Cogolla el 28 de diciembre de 1874, en una familia culta. Estudió en la Escuela Normal y luego empezó a trabajar como maestra en un barrio obrero de Madrid, en el que conoció la pobreza a través de los cuentos de sus alumnos. En 1897 se enamoró de Gregorio, un amigo de sus hermanos a quien conocía desde hacía años, y que compartía con ella el interés por la literatura y sobre todo por el teatro. Ya antes de casarse, los dos emprendieron una relación que dio como resultado la publicación de obras compuestas en común: “El poema del trabajo” (1898), “Diálogos fantásticos” (1899), “Cuentos breves” (1899), “Flores de escarcha” (1900) y “Almas ausentes” (1900). Tras la boda, en noviembre de 1900, María y Gregorio vivieron años felices, escribiendo prosa y teatro, y frecuentando los ambientes literarios y artísticos europeos. En 1905 María pidió una beca para estudiar psicología en París, porque su marido padecía de tuberculosis y los médicos le habían aconsejado que buscase un clima más cálido que el de Madrid. A la estancia francesa siguió una temporada de viajes por Europa, antes de que la pareja volviera a España para ocuparse de la carrera teatral.
En 1907 Gregorio conoció a Catalina Bercena, una actriz cubana con la que formó su compañía teatral en 1915 y que logró conquistarlo. El escritor mantuvo la apariencia de un matrimonio normal hasta 1922, año en que nació su hija con la actriz; Lejárraga parecía aceptar la situación, a pesar de su sufrimiento. María fue víctima de la traición y del abandono de un marido siete años más joven que ella, pero siguió escribiendo comedias y ensayos que él firmaba y representaba con su nombre. Lejárraga empezó a dedicarse al movimiento feminista y participó en las asociaciones femeninas que promocionaban la educación de la mujer. En 1925 la compañía teatral de Martínez Sierra emprendió una gira por Europa y América. María dependía del dinero que Gregorio le enviaba de manera irregular a cambio de sus comedias.
Durante la ausencia del marido, la escritora se dedicó al activismo feminista: participó en el Lyceum Club entre 1926 y 1936, y fundó la Asociación Femenina de Educación Cívica en 1931. El mismo año se acercó a las ideas progresistas y entró a militar en las filas del Partido Socialista Obrero Español, lo que luego la llevó a ser víctima de la represión del franquismo y del nazismo, que la obligaron al exilio. Al estallar la Guerra Civil, María fue enviada a Suiza, pero al caer la República tuvo que irse. Se fue a Niza, donde tenía una casita para pasar el invierno. Gregorio, tras una breve estancia en España, se había ido a Buenos Aires y enviaba dinero de modo irregular, hasta que murió de cáncer abdominal en 1947.
La muerte del marido coincidió con una temporada de silencio de la escritora, debida a las cataratas que no le permitían ver. En 1948 María emprendió otra vez su labor creativa, y tuvo que empezar a usar su nombre y establecer su autoría de las obras anteriores, para cobrar los derechos de autor. Además de la pérdida de Gregorio, tuvo que enfrentarse a la derrota de la España republicana, que era para ella el final de un ambicioso proyecto, la desaparición de una comunidad política con la que se había ilusionado y la pérdida del hogar al que no podía volver. Por supuesto, su visión del mundo se había vuelto más amarga, y las obras de la segunda mitad del siglo reflejan su espíritu herido.
En 1950, María vendió la casa de Niza para irse a Nueva York y luego a Hollywood, donde fracasaron los intentos de que aceptaran sus cuentos y comedias. Se fue entonces a Méjico, y al final a Buenos Aires, donde vivió los últimos veinticuatro años de su vida, escribiendo libros, traduciendo comedias, y trabajando para periódicos, revistas y emisoras de radio. La producción literaria de los años en Buenos Aires incluye “Fiesta en el Olimpo y otras diversiones menos olímpicas”, el único volumen de teatro firmado por María y redactado libremente, sin la influencia del marido. La escritora murió en esa misma ciudad, el 28 de junio de 1974.
Obras
OBRAS FIRMADAS POR MARÍA MARTÍNEZ SIERRA:
Fiesta en el Olimpo, Buenos Aires, Aguilar, 1960.
Viaje de una gota de agua, Buenos Aires, Librería Hachette, 1954.
Gregorio y yo. Medio siglo de colaboración, Alda Blanco (ed.), Valencia, Pre-Textos, 2000. Es la primera edición española. (Primera edición: Méjico, biografías Gandesa, 1953).
Una mujer por caminos de España, Madrid, Castalia, 1989 (Primera edición: Buenos Aires, Losada, 1952).
Dudas en el momento (Conferencia leída en el Ateneo de Madrid el 5 de diciembre de 1932), Madrid, Bolaños y Aguilar Talleres Gráficos, 1933.
La mujer española ante la República, Madrid, Tipografía Artística, 1931.
La hora del diablo, Madrid, Comedias XXXIV, 1926.
Cuentos breves, Madrid, Imprenta de Enrique Rojas, 1899.
Traducciones
Que yo sepa, todavía no se han traducido obras de la escritora a otros idiomas.
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Enlaces de interés
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Texto Representativo
María Martínez Sierra, "Tragedia de la perra vida", en Fiesta en el Olimpo, Buenos Aires, Aguilar, 1960. Cito de la edición de Eduardo Pérez-Rasilla, María Martínez Sierra. Teatro escogido, Madrid, Publicaciones de Directores de Escena de España, 1996, pp. 92-95.
MERCURIO.- (Sin intermedio.) ¡Atención! Cuadro cuarto: Senectud.
El telón vuelve a abrirse. Los naranjos del fondo se han trocado en álamos en cuyas ramas sólo quedan algunas hojas amarillas. El jardín está lleno de ancianos, hombres y mujeres. Todos pasean despacio y respiran con dificultad. Hay, desde luego, algunos venerables, con luengas barbas ellos, con dignas tocas ellas, pero hay otros aderezados y empelucados que intentan gallardear y, naturalmente, claudican y resbalan; entonces, se vuelven coléricos contra la piedra -inexistente- en la cual piensan haber tropezado. Hay viejas peripuestas, pintadas y emperifolladas como en la lozana juventud con inverosímiles sombreros cubiertos de flores y plumas, con flotantes velos multicolores; contonéanse y hacen muecas y melindres el Diablo sabe para quién; se miran en lindos espejitos de mano, y sonríen. Detrás de cada una de estas presumidas va un Mono que las imita grotescamente.
Sopla de pronto, una terrible ráfaga de viento invernal. Las hojas que en los álamos quedaran se desprenden y caen sobre la multitud de paseantes. El cierzo arranca velos, pelucas, sombreros, dejando al descubierto los pelados cráneos. Todos tiemblan de frío, tosen, quieren apresurarse para buscar refugio no saben dónde. Se miran unos a otros con horror. Las mujeres al encontrar en los espejitos su propio espectro, los lanzan al suelo con ira. Los Monos los recogen, y se miran en ellos satisfechísimos. El Enano más viejo que ninguno, harapiento, derrotado, va de uno en otro, pidiendo una limosna que nadie -ocupado cada uno en su propia angustia- se detiene a darle.
Lamentable es el espectáculo. Tanto, que en el palco de los Dioses y en los bancos de césped de los invitados, empiezan a oírse tosecillas desagradables. Mercurio que se da cuenta de ello, hace una señal. Tres horribles Viejas armadas de enormes escobas acuden a su llamamiento.
MERCURIO.- ¡Barred, barred a toda prisa!
Las Viejas obedecen la orden.- Los desdichados personajes, barridos por las inexorables escobas, arrojados en montón del teatrillo, van a caer por un despeñadero.
Córrese el telón.- Los invitados aplauden tumultuosamente para mostrar su regocijo porque haya ¡al fin! llegado la terminación del espectáculo, y abandonan sus bancos.
En el suelo, junto a Mercurio, montón casi informe de huesos y harapos, ha quedado el Enano, que se agarra a las piernas del dios para intentar salvarse.
MERCURIO.- (Dirigiéndose a unos aún invisibles espectadores que deben ir subiendo por los senderos del excelso monte:) ¡Pasen, señores, pasen y tomen asiento! Segunda representación de la obra con nuevos actores. (Repara en el Enano, que se prende a sus piernas:) ¿Qué es esto? ¡Tú! ¿Cómo demonio te quedaste aquí? ¿Qué quieres?
ENANO.- (Con fervor:) ¡Déjame entrar en el teatro! ¿Para qué molestarte en ensayar a un nuevo actor?
MERCURIO.- (Con asombro:) ¿Quieres volver a las andadas?
ENANO.- (Con fervor:) ¡Sí, sí!
MERCURIO.- ¿Cómo es posible? Tú, precisamente tú, feo, despreciado, zaherido, engañado, apaleado, manteado... Tu vida ha sido un puro sinsabor.
ENANO.- (Furioso.) ¡Sinsabor! ¿Cómo puedes hablar del sabor de la vida tú que nunca has temido perderla?
MERCURIO.- ¡Je, je, je! Por lo visto, la tragedia que acabáis de representar no es tan sombría como parece.
ENANO.- (Rabioso.) ¡Sí lo es! Sombría, amarga, perra, sí, perra vida... ¡pero vida! Lo verdaderamente horrible es que se acaba. ¡Por favor, déjame volver a empezar! ¿Dónde vas a encontrar desdichado más perfecto que yo?
MERCURIO.- ¡Cállate ya, esperpento! (Hace una seña, y una de las Viejas barre el Fantoche que rueda vertiente abajo y va a perderse entre sus compañeros.)
Júpiter que, a pesar de los aplausos cuya lisonja aprecia y justiprecia, ha estado cejijunto recontando los muchos defectos de la tragedia, al oír al Enano, sonríe satisfecho, y murmura:
- Por lo que se ve, he escrito una obra maestra.
JUNO.- (Con la más conyugal de las incomprensiones:) ¡Tú! ¿En qué lo conoces?
JÚPITER.- ¿No te das cuenta? ¿No has oído? Hasta el más desdichado de los actores quisiera volver a representarla. No cabe duda. La Tragedia de la Perra Vida es una obra genial.
FIN
